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Quién inventó el sudoku: la historia real de un clásico que no es japonés

Su nombre es japonés, pero lo inventó un arquitecto de Indiana en 1979. La historia completa, del matemático suizo del siglo XVIII al juez que lo llevó al Times de Londres.

Casi todo el mundo da por hecho que el sudoku viene de Japón. El nombre lo sugiere, allí se hizo enormemente popular y de allí salió hacia el resto del mundo. Pero la respuesta corta es esta:

El sudoku moderno lo inventó Howard Garns, un arquitecto jubilado de Indiana, y se publicó por primera vez en Estados Unidos en 1979. Japón le puso el nombre cinco años después.

La historia larga es bastante mejor que la corta, porque tiene un matemático del siglo XVIII, un periódico francés que se adelantó ochenta años, un inventor que murió sin saber lo que había hecho y un juez que se pasó seis años programando en su tiempo libre.

El antecedente: Euler y los cuadrados latinos

En el siglo XVIII, el matemático suizo Leonhard Euler estudió lo que hoy llamamos cuadrados latinos: rejillas en las que cada símbolo aparece exactamente una vez en cada fila y en cada columna.

No era un juego ni pretendía serlo. Era matemática pura, y Euler estaba interesado en el problema por razones que no tenían nada que ver con entretener a nadie. Pero la mitad de la regla del sudoku —«uno por fila y uno por columna»— ya estaba ahí, publicada, dos siglos antes de que existiera el puzzle.

Lo que falta en un cuadrado latino es la caja: esos nueve bloques de 3×3 que son, en realidad, lo que convierte el ejercicio en un rompecabezas interesante.

El adelantado: un periódico francés del siglo XIX

Este trozo lo sabe poca gente. A finales del siglo XIX varios periódicos franceses publicaban pasatiempos numéricos, y en 1895 el diario La France sacó una rejilla de 9×9, dividida en nueve subcuadrículas, en la que había que colocar los números del 1 al 9 sin repetir en filas, columnas ni bloques.

Es decir: un sudoku, ochenta y cuatro años antes del sudoku. Con diferencias técnicas —algunas variantes admitían números de dos cifras y las restricciones no eran exactamente las mismas—, pero cualquiera que lo viera hoy diría que está mirando un sudoku.

Esos pasatiempos desaparecieron con la Primera Guerra Mundial y no dejaron descendencia. Es un callejón sin salida histórico: el sudoku moderno no desciende de ahí, se inventó otra vez desde cero. Pero conviene mencionarlo, porque demuestra que la idea es lo bastante natural como para que se le ocurra a gente distinta en siglos distintos.

El inventor: Howard Garns, 1979

El sudoku tal y como lo conocemos —9×9, nueve cajas, algunas casillas dadas y una única solución— lo diseñó Howard Garns, un arquitecto jubilado de Indianápolis.

Se publicó en 1979 en la revista Dell Pencil Puzzles & Word Games con el nombre de «Number Place». Dell no acreditaba a los autores en portada, así que el nombre de Garns aparecía, cuando aparecía, en la lista de colaboradores y en letra pequeña. Su autoría se ha podido reconstruir precisamente por eso: su nombre figuraba en los números de la revista que llevaban el puzzle y desaparecía en los que no.

Garns murió en 1989, quince años antes de que el sudoku se convirtiera en un fenómeno mundial. Nunca supo lo que había hecho, no cobró nada por ello más allá de la tarifa de la revista, y hoy su nombre sigue siendo desconocido para la inmensa mayoría de los millones de personas que resuelven su puzzle cada día.

El nombre: Nikoli, 1984

En 1984, la editorial japonesa Nikoli publicó el juego en su revista Monthly Nikolist. Lo bautizó con una frase larga:

数字は独身に限るSūji wa dokushin ni kagiru, «los números deben estar solos» (literalmente, «solteros»).

Fue Maki Kaji, presidente de Nikoli, quien la abrevió tomando el principio de las dos palabras clave: su de sūji (número) y doku de dokushin (soltero). De ahí sudoku (数独).

A Kaji la prensa acabó llamándolo «el padrino del sudoku». Murió en 2021. Es difícil exagerar su papel: no inventó el puzzle, pero le puso el nombre, refinó las convenciones de presentación —fue Nikoli quien impuso que las casillas dadas tuvieran simetría, por elegancia visual— y lo mantuvo vivo veinte años en Japón mientras en Occidente estaba olvidado.

El detalle de la marca, que casi todo el mundo cuenta al revés

Aquí hay un lío que se repite mucho, y que este mismo artículo contaba mal hasta hoy. La versión que circula es que en Japón no se podían registrar los nombres de juegos. Es justo lo contrario:

Nikoli SÍ registró «Sudoku» como marca en Japón. Por eso, dentro de Japón, las revistas de la competencia no pueden llamarlo así y lo publican como ナンバープレース (Number Place), el nombre original americano.

Lo que Nikoli no hizo fue registrar la marca fuera de Japón. Y ahí está la ironía completa: en Japón el juego se llama Number Place salvo en las revistas de Nikoli, y en el resto del mundo se llama sudoku precisamente porque a nadie se le ocurrió proteger ese nombre. El puzzle americano con nombre japonés se quedó con el nombre japonés en todo el planeta menos en Japón.

La explosión: Wayne Gould y el Times, 2004

El último eslabón es Wayne Gould, un juez neozelandés retirado que vivía en Hong Kong.

En 1997, hojeando en una librería de Tokio, se topó con un libro de sudokus y quedó enganchado. Y aquí viene la parte que más me gusta de toda la historia: tardó seis años en escribir un programa que generara sudokus con solución única y dificultad graduada. Seis años, en su tiempo libre, sin que nadie se lo hubiera encargado.

En noviembre de 2004 consiguió que The Times de Londres publicara el primero. La competencia siguió en semanas. Al año siguiente el sudoku estaba en periódicos de medio mundo, había libros en las listas de más vendidos y la gente lo hacía en el metro.

Veinticinco años después de que un arquitecto jubilado de Indiana lo dibujara por primera vez.

Por qué funciona tan bien

Una última cosa que explica el éxito mejor que la historia. El sudoku no es matemático. No hay que sumar nada. Los nueve números podrían ser nueve colores, nueve letras o nueve símbolos cualesquiera sin que el puzzle cambiara lo más mínimo: lo único que importa es que son nueve cosas distintas.

Eso lo hace universal. No depende del idioma, ni de la cultura, ni de la formación. Un sudoku es exactamente el mismo puzzle en Tokio, en Indianápolis y en Albacete, y eso es algo que un crucigrama no puede decir.

Lo que sí entrena:

  1. Razonamiento por eliminación — deducir qué va dónde descartando lo imposible, que es el mecanismo de cualquier problema de lógica.
  2. Memoria de trabajo — sostener tres o cuatro candidatos en la cabeza mientras compruebas una fila.
  3. Tolerancia al atasco — la parte que menos se menciona y la más valiosa: aprender a quedarse frente a un problema sin abandonarlo ni forzarlo.

Y una cosa que no hace, porque se vende mucho lo contrario: no hay evidencia sólida de que prevenga el deterioro cognitivo. Lo contamos con las fuentes en qué dice la ciencia. Se hacen porque son un buen rato, que ya es motivo suficiente.


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